De relatos navideños

PorTere

De relatos navideños

¡Buenas noches, descentraders!

Ya casi en Nochebuena os traemos nuestro segundo regalito en forma de relato navideño, esta vez de la mano de José Vte. García descentrado autor de Cometas cruzando el sol, fantástico libro de relatos que podéis encontrar en nuestra web y librerías colaboradoras.

Esperamos que os guste, nos leemos pronto.

¡Feliz Navidad!

                                          EL BILLETE DE LOTERÍA

Todos los sábados por la mañana, camino del mercado, Josefa se acercaba a la administración y compraba un billete de lotería. Siempre, desde hacía ya doce años tomaba el mismo número a pesar de que jamás le había tocado más allá de la devolución o alguna pedrea; nunca una cantidad importante, de esas que permiten darse algún buen capricho.

Este detalle no le hacía perder la esperanza y como un reloj acudía fiel a su cita con la administración de su barrio. Mari Carmen, la lotera, y ella se  habían hecho buenas amigas a fuerza de compartir ilusiones; las dos cómplices en esa cifra de fe casi desde el principio, confidentes de sus propias quimeras que manifestaban en el ceremonial, mitad en broma, mitad en serio, de frotar el décimo en la espalda, algo jorobadita, de la vendedora, con la idea de que ese gesto, como si de un toque mágico se tratara, sería el que inevitablemente les traería la suerte.

Todas las semanas lo repetían, sin faltar ninguna. Josefa estaba convencida de que su día llegaría y de que ese número, su número, saldría tarde o temprano y que por fin tocaría el cielo con las manos.

Quizás fuera esa ilusión la que cada sábado le hacía soñar, imaginaba todo lo que iba a hacer con el dinero que ganaría; fantaseaba en hacer un gran viaje con su marido, ese pobre cabezón que nunca tuvo un solo gramo de suerte, que llevaba más de dos años parado y que a sus mal llevados cincuenta y seis años tenía cada vez menos esperanzas de encontrarlo; o tal vez se haría un lujoso vestido largo y pasaría una noche entera bailando como epílogo a una romántica cena con su, ahora sí, resucitado marido, que enfundado en un elegante smoking estaría irresistiblemente atractivo. Y ya puestos a soñar cumpliría su gran deseo, compraría una casa. Sería en el campo, donde siempre les había gustado vivir, en su pueblo, en aquella casona preciosa a la que tenía echado el ojo desde hacía tanto, con su pequeño terreno donde cultivarían hortalizas, poblado con un montón de árboles frutales y una granja donde criaría animales con mimo. Ese sí que sería un buen lugar donde respirarían aire puro todos los días.

Pero aquel día las fantasías solo le duraron un suspiro, el que le quedó de abrir el monedero y comprobar que no tenía dinero suficiente para el billete del sorteo de Navidad de la semana siguiente. Con gesto de fastidio quedó con Mari Carmen en pasar más adelante.

Fue ese revés el que le hizo regresar a la realidad, la de las penurias, la que le conformaba tan solo con poder conseguir algún día un piso con ascensor, que ya se sentía mayor y las piernas las tenía castigadas de tanto subir las cinco alturas tantas veces al día; con una cocina grande donde colocar el ansiado lavavajillas y con ventanas exteriores para que llenaran las habitaciones de luz, bien amplias para que dejaran pasar el aire limpio en lugar del enrarecido ambiente que subía del deslunado interior al que daban las de su casa.

Hoy, Josefa ha dejado de soñar. Una fractura de tibia la mantiene recluida en casa,  cinco días hace que se cayó de las escaleras que limpiaba. Con atención sigue el sorteo de Navidad por televisión, como todos los años. Es cuando con soniquete campanillero un niño de San Ildefonso solfea un número que ella conoce de memoria. Sí, es el suyo, el que lleva tantos años jugando el que canturrean como primer premio, el Gordo de Navidad. Primero lanza un grito de alegría que casi la hace caer por el peso de la escayola que enfunda su pierna; luego, su rostro se torna en angustia y desilusión cuando se da cuenta de que su marido nunca fue a retirarlo.

—Poco dura la alegría en la casa del pobre —piensa con tristeza.

Antonio no sabe cómo consolarla. Maldice su suerte y se siente culpable por esa dejadez que tantas veces le ha reprochado, la poca confianza que provocó no haber comprado el décimo como ella le había indicado. Es ahora que la mira con encogido disimulo cuando apenas reconoce a una mujer desolada y abatida, tan distinta de su alegre y desenfadado carácter habitual. Y entonces empieza a ser consciente de lo que ese billete significaba, cuánto de una apacible y placentera vejez se ha volatilizado con su olvido.

Cabizbajo y sin saber qué decir, asiste entre apenado y resignado a sus lamentos, los que confirman que una vez más la fortuna les ha dado la espalda.         

—No era para nosotros —trata de consolarla con poco convencimiento.

Durante un buen rato no se oye nada, el silencio se podría cortar. La televisión, con el sonido apagado, emite imágenes de sus propios vecinos festejando con cava el dinero que les va a cambiar la vida. La apagan entre lamentos, bastante tienen con asumir que ellos volverán a la  rutina que nunca cambió. Josefa, cuando se recupere, seguirá limpiando patios por setecientos euros al mes; Antonio pasará como todos los días por la oficina del paro para mirar las ofertas de empleo, luego pateará algunas fábricas pidiendo una faena que sobradamente sabe que no le darán.   

Finalmente, ese silencio es repentinamente roto por el estridente sonido del timbre del teléfono que de golpe les saca de sus aislamientos, Josefa, con gesto de derrota reflejado en la cara lo pide y su marido se lo entrega servicial.

—Hola, Josefa —dice la voz al otro lado del teléfono— soy Mari Carmen, quería decirte que en el anterior sorteo nos salió la devolución y que hoy, al ver que no pasabas a recogerlo, he empleado el dinero en comprar tu décimo de esta semana. ¿Ya sabes que te ha tocado la lotería?


En un momento dado, Josefa dejó de oír lo que le hablaban, porque de nuevo había vuelto a soñar.

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Tere editor

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