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PorTere

¿Qué estarán tramando estos Descentrados?

Seguro que muchos os estáis haciendo esa pregunta y para saciar vuestra curiosidad acudimos raudos y veloces a responderla. La verdad es que en Descentrados no paramos ni un momento. Mientras terminamos de corregir y de poner bonitas nuestras dos ssiguientes publicaciones, que saldrán antes del verano y de las que ya os hablaremos en próximas entradas, hacemos una paradita para pasar por aquí a contaros los eventos que se avecinan.

Este fin de semana estaremos en el III Festival de Literatura Infantil y Juvenil de Tres Cantos en el que Javier Fernández Jiménez presentará su novela El paseo de Jaima que está imparable recorriendo España.

La siguiente cita la tenemos el 20 de marzo en Valdemoro con Sancho Valderas y su Imaginación mental transitoria. Y celebraremos el Día de la Poesía y la llegada de la primavera en Navalcarnero, pronto os diremos dónde y cuándo, disfrutando de la mejor poesía descentrada de Alberto Vicente, Victoria Embid y alguna sorpresa.

Y terminamos este simulacro de calendario descentrado avanzando que el próximo 25 de abril (sábado) en la biblioteca de la Rambleta (Valencia) habrá una presentación conjunta de los libros A Macondo se va en línea recta de David Reche y Cometas cruzando el sol de José Vte. García Torrijos que también nos hablará de su novela Sueños de escayola.

Por supuesto, estáis todos súper invitadísimos a estos eventos y esperamos veros en alguno de ellos.

Nosotros continuamos trabajando para que estos libros sigan su camino y los que están en proceso lo inicien pronto.

Gracias a todos por seguirnos, a los que lo hacen desde la oscuridad que sabemos que sois muchos, también.

¡Nos vemos pronto!

PorTere

Comenzando un nuevo año

¡Feliz año, queridos seguidores descentrados!

¿Que qué nos trae aquí hoy aparte de felicitaros el año, como no podía ser de otra manera? La respuesta es muy sencilla, comenzar este 2020 con una buena lectura que, en esta ocasión, nos regala Victoria Embid, autora del mucho más que recomendable poemario Remendando alas.

HACEDME SITIO 

Llegó el gran día. Debo confesar que estamos algo nerviosos. Mamá corre de un lado a otro en su afán porque todo sea perfecto. Por muchos años que pasen ella sigue creyendo que esto será posible sin darse cuenta de que en lo inesperado está la magia.

Por la mañana nos ha acariciado con sus manos de pluma, como hace cada día, mientras papá iba a comprar las cosas que necesita para la cena, que esta tarde preparará en su habitual ritual alquímico, capaz de transformar cualquier alimento en una fiesta para los sentidos.

Nosotros estamos como más nos gusta, pegados unos a otros como si fuéramos uno, pero sabiendo que todos ocupamos un lugar único en el corazón de esta casa.

Reconozco que, desde hace un rato, hemos empezado a ponernos nerviosos porque mamá ha encendido ya las luces del árbol, señal inequívoca de que los nuestros están a punto de llegar.

Expectantes porque hemos escuchado, aunque hablaban bajito por teléfono, que quizás Mario traiga esta noche un nuevo miembro a la familia, aunque quizás solo escuchamos lo que queríamos oír. A veces el deseo hace de las suyas y la imaginación se pone a trabajar inventando realidades.

Que regrese Mario por Navidad es siempre motivo de fiesta. Nadie nos acaricia como él, con tanta ternura. Siempre nos recuerda las aventuras que vivimos juntos y las emociones compartidas que, según sus palabras, nos hacen en gran parte responsables de que él sea quien es. Saber que tan pequeños podemos ser grandes en el alma de alguien es otro de los regalos que nos trae cada año la Navidad.

Suena el timbre. Nos encantaría salir a recibirles pero decidimos quedarnos quietecitos alargando el encuentro deseado. Y ahí están, Mario con esa sonrisa interminable como sus piernas y Ana, la más pequeña de la familia, aunque ya ha cumplido los treinta.

Tras el ritual de abrazos y besos, Mario nos mira de reojo mientras se acerca despacio, como si no quisiera hacer ruido para no romper la magia del momento. Mi corazón se sale del pecho. Me mira mientras me acaricia susurrando mi nombre. Sonríe, siempre sonríe en nuestro reencuentro de Nochebuena, mientras nos habla sin palabras como solo él sabe hacer.

Desde esta esquina no puedo ver con claridad todo el espacio pero Mario, como si pudiera escuchar mis pensamientos una vez más, se acerca a la entrada. Regresa con algo entre sus brazos. Me asomo tanto que casi me caigo. ¡Ahí están, y no es uno sino tres! Los coloca bajo el árbol, en ese lugar privilegiado que siempre nos otorga cuando llegamos a esta casa.

Todos estamos contentos, deseosos de que tras la cena, nos descubran sus caras y pronuncien sus nombres. A mi lado, «Eva Luna» y «Demian» fantasean con que uno se quede junto a ellos, aunque sabemos que pasará un tiempo hasta que esto suceda, porque los primeros días se los llevan a todas partes, incluso duermen con ellos en su habitación.

Con la emoción olvidé presentarme, soy «La mujer habitada», de Gioconda Belli. Aunque formamos parte de esta familia ninguno nacimos aquí. Llegamos un día como regalos, desde el amor de nuestros padres que nos dieron forma para llenar la vida de otros, como la de Mario, empeñado cada año en que los suyos disfruten como él de nuestra magia.

Y aquí seguimos juntos, pegaditos unos a otros como más nos gusta. Ocupando un espacio único en el corazón y las estanterías de esta casa, dispuestos a despertar memorias y paisajes en el alma de los que nos leen.

Esperamos que os haya gustado y nos leemos pronto.

PorTere

De relatos navideños

¡Buenas noches, descentraders!

Ya casi en Nochebuena os traemos nuestro segundo regalito en forma de relato navideño, esta vez de la mano de José Vte. García descentrado autor de Cometas cruzando el sol, fantástico libro de relatos que podéis encontrar en nuestra web y librerías colaboradoras.

Esperamos que os guste, nos leemos pronto.

¡Feliz Navidad!

                                          EL BILLETE DE LOTERÍA

Todos los sábados por la mañana, camino del mercado, Josefa se acercaba a la administración y compraba un billete de lotería. Siempre, desde hacía ya doce años tomaba el mismo número a pesar de que jamás le había tocado más allá de la devolución o alguna pedrea; nunca una cantidad importante, de esas que permiten darse algún buen capricho.

Este detalle no le hacía perder la esperanza y como un reloj acudía fiel a su cita con la administración de su barrio. Mari Carmen, la lotera, y ella se  habían hecho buenas amigas a fuerza de compartir ilusiones; las dos cómplices en esa cifra de fe casi desde el principio, confidentes de sus propias quimeras que manifestaban en el ceremonial, mitad en broma, mitad en serio, de frotar el décimo en la espalda, algo jorobadita, de la vendedora, con la idea de que ese gesto, como si de un toque mágico se tratara, sería el que inevitablemente les traería la suerte.

Todas las semanas lo repetían, sin faltar ninguna. Josefa estaba convencida de que su día llegaría y de que ese número, su número, saldría tarde o temprano y que por fin tocaría el cielo con las manos.

Quizás fuera esa ilusión la que cada sábado le hacía soñar, imaginaba todo lo que iba a hacer con el dinero que ganaría; fantaseaba en hacer un gran viaje con su marido, ese pobre cabezón que nunca tuvo un solo gramo de suerte, que llevaba más de dos años parado y que a sus mal llevados cincuenta y seis años tenía cada vez menos esperanzas de encontrarlo; o tal vez se haría un lujoso vestido largo y pasaría una noche entera bailando como epílogo a una romántica cena con su, ahora sí, resucitado marido, que enfundado en un elegante smoking estaría irresistiblemente atractivo. Y ya puestos a soñar cumpliría su gran deseo, compraría una casa. Sería en el campo, donde siempre les había gustado vivir, en su pueblo, en aquella casona preciosa a la que tenía echado el ojo desde hacía tanto, con su pequeño terreno donde cultivarían hortalizas, poblado con un montón de árboles frutales y una granja donde criaría animales con mimo. Ese sí que sería un buen lugar donde respirarían aire puro todos los días.

Pero aquel día las fantasías solo le duraron un suspiro, el que le quedó de abrir el monedero y comprobar que no tenía dinero suficiente para el billete del sorteo de Navidad de la semana siguiente. Con gesto de fastidio quedó con Mari Carmen en pasar más adelante.

Fue ese revés el que le hizo regresar a la realidad, la de las penurias, la que le conformaba tan solo con poder conseguir algún día un piso con ascensor, que ya se sentía mayor y las piernas las tenía castigadas de tanto subir las cinco alturas tantas veces al día; con una cocina grande donde colocar el ansiado lavavajillas y con ventanas exteriores para que llenaran las habitaciones de luz, bien amplias para que dejaran pasar el aire limpio en lugar del enrarecido ambiente que subía del deslunado interior al que daban las de su casa.

Hoy, Josefa ha dejado de soñar. Una fractura de tibia la mantiene recluida en casa,  cinco días hace que se cayó de las escaleras que limpiaba. Con atención sigue el sorteo de Navidad por televisión, como todos los años. Es cuando con soniquete campanillero un niño de San Ildefonso solfea un número que ella conoce de memoria. Sí, es el suyo, el que lleva tantos años jugando el que canturrean como primer premio, el Gordo de Navidad. Primero lanza un grito de alegría que casi la hace caer por el peso de la escayola que enfunda su pierna; luego, su rostro se torna en angustia y desilusión cuando se da cuenta de que su marido nunca fue a retirarlo.

—Poco dura la alegría en la casa del pobre —piensa con tristeza.

Antonio no sabe cómo consolarla. Maldice su suerte y se siente culpable por esa dejadez que tantas veces le ha reprochado, la poca confianza que provocó no haber comprado el décimo como ella le había indicado. Es ahora que la mira con encogido disimulo cuando apenas reconoce a una mujer desolada y abatida, tan distinta de su alegre y desenfadado carácter habitual. Y entonces empieza a ser consciente de lo que ese billete significaba, cuánto de una apacible y placentera vejez se ha volatilizado con su olvido.

Cabizbajo y sin saber qué decir, asiste entre apenado y resignado a sus lamentos, los que confirman que una vez más la fortuna les ha dado la espalda.         

—No era para nosotros —trata de consolarla con poco convencimiento.

Durante un buen rato no se oye nada, el silencio se podría cortar. La televisión, con el sonido apagado, emite imágenes de sus propios vecinos festejando con cava el dinero que les va a cambiar la vida. La apagan entre lamentos, bastante tienen con asumir que ellos volverán a la  rutina que nunca cambió. Josefa, cuando se recupere, seguirá limpiando patios por setecientos euros al mes; Antonio pasará como todos los días por la oficina del paro para mirar las ofertas de empleo, luego pateará algunas fábricas pidiendo una faena que sobradamente sabe que no le darán.   

Finalmente, ese silencio es repentinamente roto por el estridente sonido del timbre del teléfono que de golpe les saca de sus aislamientos, Josefa, con gesto de derrota reflejado en la cara lo pide y su marido se lo entrega servicial.

—Hola, Josefa —dice la voz al otro lado del teléfono— soy Mari Carmen, quería decirte que en el anterior sorteo nos salió la devolución y que hoy, al ver que no pasabas a recogerlo, he empleado el dinero en comprar tu décimo de esta semana. ¿Ya sabes que te ha tocado la lotería?


En un momento dado, Josefa dejó de oír lo que le hablaban, porque de nuevo había vuelto a soñar.

PorTere

Navidades Descentradas

¡Buenos días, descentraders!

Descentrados quiere celebrar la Navidad con todos vosotros y lo va a hacer, como no podía ser de otra manera, con sorpresas y buenas lecturas. Para ello, a partir de hoy y durante las próximas semanas vamos a ir publicando regalos navideños que nuestros autores descentrados quieren compartir con vosotros, regalos en forma de relato y, quién sabe, quizá alguno un poco más poético.

Comenzamos hoy con nuestro querido David Reche, autor de A Macondo se va en línea recta.

Un huerto en las montañas

Me desperté cuando el primer rayo de sol que asomó tras la duna me abofeteó en la cara. El crujido de la arena entre los dientes retumbó en mi cabeza como si fuera mi propia existencia desmoronándose bajo el peso de la resaca. Así que antes de abrir los ojos recité mis maldiciones matutinas, a modo de mantra reconfortante que me recordara el tipo de persona que era; y cuando creí estar en condiciones me enfrenté al cielo limpio y generosamente vacío que lo llenaba todo. El día se desperezaba, como yo, de mala gana sobre aquel desierto cruel en el que era una patraña eso que nos contaron en la escuela: ¡no en todos los desiertos hace frío de noche!

Mi cerebro me traicionó y, con la loable intención de refrescarme, hurgó entre los recuerdos hasta encontrarme en la piscina del jardín, disfrutando de una limonada y evadiéndome de la pelea entre mi mujer y los niños a propósito de las horas de la digestión.

Sí, no se extrañen. Yo tuve, o quizá aún tengo, una casita con jardín, una esposa amantísima pero fuerte e independiente, dos hijos y un perro al que saco a pasear los domingos cuando voy a comprar el periódico. O puede que sea un recuerdo inventado por mi cerebro para vengarse de los excesos de anoche, quién sabe. El caso es que encontré las fuerzas para levantarme penosamente, controlando el bombeo de sangre para que no me estallara la cabeza. Solo cuando estuve de pie me di cuenta de que llevaba una botella de whisky agarrada en la mano izquierda, por eso me había costado tanto incorporarme. Maldije al figura que incluyó esa bebida en la cesta de Navidad de la empresa (¡yo odio el whisky!) y volví hacia la planta de extracción de gas, perdida en el mar de arena de un desierto que solo conocían sus habitantes y otros desgraciados como yo.

Con la botella en una mano y la otra en el bolsillo del pantalón, buscando la caja de aspirinas que suelo llevar encima, escalé a trompicones la duna que me separaba del campo de extracción. Aún se veían indicios de la juerga de Navidad que nos montamos la noche anterior: el Jeep del gerente atascado fuera de la pista de entrada a la planta y con el motor en marcha, los pilotos rotatorios de las señales de emergencia diseminados alrededor de los módulos dormitorio, todas las puertas abiertas de par en par y ni un alma en la caseta de vigilancia. Parecía que no era yo el que había terminado la noche en peores condiciones, incluso la torre de extracción estaba en silencio. Meneé la cabeza incrédulo y aventuré que el director nos machacaría con las horas extra que podríamos cargar al proyecto. Le dediqué con el pensamiento un saludo «cariñoso», recordando lo absurdo de su decisión de no poder volar de vuelta a casa para Nochebuena, y me dirigí al módulo de control para ser el héroe del día: pondría de nuevo la planta en funcionamiento y manipularía convenientemente el servidor informático para hacer creíbles los datos de la explotación durante esa noche.

No sé ustedes, pero yo tengo una capacidad innata para ir cabreándome poco a poco mientras mi pensamiento va dándole vueltas a algún asunto estúpido. Desde la sonrisa irónica para demostrar condescendientemente cómo me toca las narices una actitud mentecata de un tercero hasta querer arrasar con todo bicho que se me cruce por el camino solo necesito unos minutos, tres o cuatro razonamientos enconados y algún deseo reprimido hacia esa estúpida y toca narices tercera persona ya mencionada. Así que cuando llegué al módulo de control, la resaca había mutado en feroz resentimiento hacia mis superiores y hacia toda la sociedad en general por criar en su seno sabandijas indeseables que ven premiadas sus idioteces.

Entré a la caseta barruntando alguna terrible venganza contra la putrefacción del sistema cuando me topé de bruces con la nariz de un desconocido. El tipo, un chaval joven de aspecto centroasiático que apenas habría empezado a afeitarse el mostacho, se asustó al verme aparecer con mi cara de resaca y lo ojos inyectados en sangre. No me dio tiempo a preguntarme quién era, ni siquiera a asustarme. Simplemente tuve una reacción violenta al toparme con un desconocido que portaba un fusil y que pisoteaba el cuerpo de Mijaíl, nuestro guardia ruso, el único cabrón que me caía bien en aquel desierto caluroso e insufrible.

Antes de que el soldadito pudiera gritar nada o llevarse el arma al hombro, le reventé la botella de whisky en la cara soltando un improperio. Le quedó una bonita brecha en la cabeza mientras se derrumbaba sobre mi amigo ruso. No me detuve a comprobar en qué estado quedaban ambos, instintivamente le arranqué el fusil, un AK-47 más viejo todavía que el de Mijaíl, y salí excitado, invadido por un extraño sentimiento mezcla del pánico, la indignación y un gozo inexplicable.

En la sala de entretenimiento y comunicaciones no había quedado nada entero, los ordenadores y el teléfono satélite estaban hechos pedazos por el suelo o agujereados a balazos. Eso explicaba los fuegos artificiales con los que creí haber soñado durante la cogorza. Rescaté una cerveza que sobrevivía en la nevera y salí dándole un buen trago para ayudarme a pasar otra aspirina: nada como un buen desayuno. Había huellas hacia el oeste y, más allá de los inodoros químicos, alejados de las torres de extracción antiguas, vi un grupo de gente. Eran mis compañeros vigilados por dos tipos armados que discutían entre ellos. Otros dos intentaban desatascar un viejo furgón soviético de la arena, a unos diez metros de donde los dos primeros custodiaban al resto de trabajadores. Parecía un secuestro chapuza en toda regla.

«El alcohol te matará», solía decirme mi madre cada vez que nos juntábamos a comer toda la familia en Navidad. Este año no pudo ser, pero sonreí triunfal al comprender que, a pesar de las reiteradas advertencias maternas, en esta ocasión era el alcohol lo que me había salvado de aún no sabía qué. Qué rabia me dio no poder coger un teléfono para restregarle lo acertado de mi comportamiento la noche anterior.

Dejé las disquisiciones familiares y, aún enfadado, me di cuenta de que los dos secuestradores que intentaban sacar el furgón de la arena habían dejado sus armas en el suelo, a los pies de los otros dos que vigilaban. «Día de suerte para el caballero», pensé metiéndome en el papel de Harry el Sucio. Es curioso que, a pesar de todo lo que despotrico contra lo que me rodea, mi actitud física más agresiva hasta esa misma mañana había sido la de espantar moscas; y sin embargo en ese momento lo vi todo claro y sin ningún cargo de conciencia. Me había quedado sin mis regalos de Navidad en casa y todo me daba igual. Mucho. No pueden imaginarse cuánto.

El sol estaba detrás de mí, aún lo suficientemente bajo para deslumbrar a los secuestradores, pero calentando como un condenado; y la distancia de casi doscientos metros era perfecta para probar en el mundo real mi puntería legendaria en el universo de las videoconsolas.

Di otro trago a la cerveza, me acomodé en el suelo y apunté. Al poner la mano izquierda delante de mi campo visual, descubrí que en el anular brillaba un anillo, así que el recuerdo de la piscina y la limonada debía de ser cierto. Resoplé con fastidio y me lo quité para que no me molestara al disparar.

Primero lo hice a los dos que empujaban al camión, antes de que pudieran refugiarse tras el vehículo. Después a los otros dos, que pillados de improviso ni se plantearon siquiera esconderse entre mis compañeros para que les sirvieran de escudos humanos. Desde luego, cualquier indeseable con un arma puede conseguir, a pesar de su estupidez, muchas de las cosas que se proponga. Y no sé si ese pensamiento iba por mí o por los cuatro desgraciados que cayeron al suelo. ¿Quién los habría enviado aquí y cómo se podía ser tan idiota como para dejarse pillar tan fácilmente por aficionados? Esta pregunta sí iba dirigida tanto a los ex-secuestradores como a mis compañeros.

No me devané los sesos en buscar la respuesta, recuperé el anillo y la cerveza y me volví hacia las dunas. En el camino vi que Mijaíl la emprendía a puñetazos con el jovencillo a quien le había aplicado minutos antes el alcohol al mismo tiempo que le hacía la herida. Sin que me viera, dejé el fusil en la puerta de su garita sabiendo que si yo no aparecía él sabría atribuirse todo el mérito, y continué a terminar de pasar la resaca entre las dunas. Desafortunadamente, cuando llegué al lugar donde había pasado la noche, descubrí que no era tan acogedor como lo recordaba, y además ya había dado el último trago a la lata de cerveza. Sin duda el día no iba bien.

Mirando el envase en una mano y el anillo en la otra, recordé que odiaba la limonada y yo era más de gatos que perros. Así que, sin mirar atrás, me convencí de que había llegado la hora de volver a ser valientes y no preocuparme de que alguien me reprochara cada mañana que me dejara destapado el tubo de la pasta de dientes. Además, lo del corte de digestión es un mito que cualquier médico puede desmontar en medio minuto.

Conocía un poblado miserable en las montañas, a una jornada de camino, en la que un viejo campesino una vez me ofreció a su hija a cambio de hacerme cargo de sus tierras; o quizá era al contrario, tampoco importaba mucho. Dejé que el anillo se me escurriera de las manos y sonreí al darme cuenta de que yo siempre había querido tener un huerto en las montañas.

Un huerto en las montañas fue una de las tres obras finalistas del Primer concurso de relato breve para los empleados de la empresa Técnicas Reunidas, en diciembre de 2011.

Y ahora que os tenemos enganchados a la lectura y que os ha encantado la forma de escribir de David aprovechamos para recomendaros su libro A Macondo se va en línea recta, una divertida e interesante novela juvenil para todas las edades y que podéis conseguir aquí:



Y ya que estáis aprovecháis para daros una vuelta por la tienda y para hacer algún encargo de Papá Noel o de los Reyes Magos, que les encanta regalar buenos libros.

Esperamos que os haya gustado este primer regalo navideño y que hayáis disfrutado con el relato de David, al que desde aquí le agradecemos su colaboración y su implicación con la editorial ,¡te queremos, David!

¡Nos leemos pronto!

PorTere

El paseo de Jaima

 

Esa niña que veis de espaldas paseando despacio por un lugar no demasiado agradable ni atractivo es Jaima.

Javier nos ha contado cómo fue ese paseo, Ester ha puesto cara a Jaima para que la conozcamos un poquito mejor y desde Descentrados hemos puesto nuestro granito de arena para que la historia de Jaima y su familia se convierta en una novela necesaria y preciosa que va a encantar a mayores y a pequeños.

Si os apetece saber más cosas sobre Jaima, sobre su paseo, sobre su aventura… os invitamos a que nos acompañéis el próximo jueves 24 de octubre a las 19h en la presentación del libro:

El paseo de Jaima

Será en Escuela de Escritores, a los que aprovechamos para agradecer su invitación, y nos acompañarán su autor, Javier Fernández Jiménez y la ilustradora, Ester López López. Ellos nos contarán muchas cosas interesantes y divertidas sobre esta novela juvenil que tanta ilusión nos hace publicar.

En el cartel tenéis toda la información.

¡Seguro que lo pasaremos bien, no podéis faltar!

PorTere

¡Bienvenido septiembre!

Un nuevo comienzo lleno de ilusiones, de ideas, de proyectos, de cosas por hacer, cosas que nos llenen, que nos hagan sonreír y pensar que el esfuerzo merece la pena. Todo eso es septiembre para Descentra2, el inicio de otra temporada que afrontamos con mucho trabajo por delante pero con la misma ilusión con la que empezamos y con fuerzas renovadas.

Muy pronto, seguro que antes de lo que pensáis, vamos a contaros el próximo lanzamiento editorial de Descentrados. Si habéis estado atentos y nos seguís en redes (imprescindible) ya tendréis una idea de qué se trata y de quién es nuestro próximo autor, los que no, ya sabéis lo que tenéis que hacer, buscarnos en Instagram, en Facebook y en Twitter y así estaréis al tanto de todas nuestras novedades.

 

Mientras llega ese momento os recordamos los cuatro libros que tenemos publicados hasta la fecha y a nuestros cuatro fantásticos autores:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recordad que los podéis conseguir en nuestra tienda web y que también en ella tenéis el listado de las librerías colaboradoras en las que están disponibles.

https://descentrados.es/tienda/

Con toda la ilusión del mundo puesta en este nuevo curso editorial Descentra2 da la bienvenida a septiembre y os anuncia que…

¡Nos leemos pronto!

PorTere

Cierre de temporada y vacaciones de verano

El pasado 18 de mayo Descentrados viajó a Valencia para presentar en sociedad su última publicación: Cometas cruzando el sol del autor José Vte. García. Fue un día precioso para nosotros y lleno de emociones y novedades: estrenábamos carrito para los libros y ¡viajábamos en AVE!, ni en nuestros mejores sueños podíamos haber imaginado algo así hace apenas un año. Hay que decir que no todo fue fácil, manejar un carro de ese tipo con tres cajas llenas de libros cuesta lo suyo, y si de los dos socios uno está lesionado la cosa se complica más todavía, pero Ángel, descentrado, Lara no desfalleció ni un momento y conseguimos llegar a Valencia con los libros y nuestra ilusión intactos.

 

 

 

La presentación fue muy emotiva y el éxito estaba garantizado porque José Vte. es un autor muy conocido, valorado y querido en su tierra.

El día 15 de junio repetimos presentación, esta vez en Pinto (Madrid). El autor jugaba fuera de casa pero aun así la asistencia fue espectacular. De nuevo vivimos un acto muy emotivo en el que hubo risas, lágrimas y mucha literatura de la buena.

Os dejamos con algunas fotos de este último día en la biblioteca Javier Lapeña de Pinto.

 

Estos han sido nuestros dos últimos eventos de esta temporada. Llega el calor, las vacaciones y es el momento de recogerse y ponerse a leer y a corregir las que serán nuestras próximas publicaciones.

Así que si no sabéis de nosotros en estos dos próximos meses no os preocupéis que seguimos trabajando en la oscuridad, tenemos una editorial que mantener 🙂

 

 

¡Volveremos pronto y con propuestas muy  interesantes!

¡FELIZ VERANO!

PorTere

Cometas cruzando el sol de Valencia

¡Hola de nuevo, descentraders!

Mañana en Valencia se verán Cometas cruzando el sol.  Y un acontecimiento tan importante y único no podíamos dejarlo pasar ni pasar sin avisaros, así que, ya estáis todos avisados. Descentrados Servicios Editoriales presenta mañana sábado 18 de mayo el cuarto libro de su catálogo, sí, habéis leído bien, el cuarto. Hace nada que os hablábamos del inicio de este proyecto y ya tenemos cuatro maravillosos libros en el mercado.

El título de nuestra nueva criatura es Cometas cruzando el sol. Un libro de relatos muy especial, como lo son cada uno de los protagonistas de los textos que podemos leer en él. Los relatos van acompañados de unas preciosas ilustraciones de grandes artistas, entre ellos Paco Roca, el famoso historietista valenciano, entre otros muchos. El autor José Vicente García, escritor valenciano autor de varias antologías de relatos y de la novela Sueños de escayola publicada en 2014.

Os contaría más cosas pero tenemos que coger un AVE 🙂

Ya sabéis, mañana en Valencia a mediodía habrá Cometas cruzando el sol.

PorTere

Remendando alas

 

Ahí lo tenéis, ya está en nuestras manos, y esperamos que también muy pronto en las vuestras, Remendando alas, la primera publicación de nuestra autora descentrada Victoria Embid, el segundo poemario de la editorial, tras el éxito de Razonamor de Alberto Vicente Monsalve, y nuestro tercer libro publicado, así que tenemos, al menos, tres importantes motivos de celebración.

Mañana viernes 12 de abril a las 19h tendrá lugar en Madrid el primer acto de presentación de Remendando alas. Será en Aleatorio Bar (c/Ruiz, 7). Os dejamos el cartel con toda la información y si tenéis cualquier duda podéis contactar con nosotros e intentaremos solucionarla.

A partir de las 00:00h podréis adquirir el libro a través de nuestra tienda web en el siguiente enlace:

Tienda

 

Y muy pronto estará disponible en nuestras librerías colaboradoras descentradas que cada día son más.

Pero ya sabéis, si queréis vuestro ejemplar firmado y dedicado por la autora pasaos mañana por el aleatorio y Victoria estará encantada de dedicároslo y de comentarlo con vosotros.

Os esperamos mañana a las 19h con nuestra fantástica poeta Victoria Embid que nos va a enseñar a todos a «remendar alas», no hay mejor plan para un viernes por la tarde.

PorTere

EXPOSICIÓN DE DIBUJOS «RAZONAMOR»

Nuestro autor «razonamoreño», Alberto Vicente Monsalve, inauguró ayer en Torrejon de Ardoz la primera exposición en la que se pueden disfrutar los coloridos y originales dibujos que acompañan los poemas de su libro Razonamor, del que ya nos habéis oído hablar y siempre muy bien, lo contrario habría sido raro, también es verdad.

Allí estuvo Descentrados y, una vez más, vivimos la buena acogida que tiene el trabajo de Alberto en todas sus vertientes, y el cariño con que le arropan sus vecinos de Torrejón.

Fue un gran placer para nosotros compartir un momento tan especial con Alberto, no podía comenzar mejor el mes de abril.

La exposición la podéis visitar en la Casa de la Cultura (calle Londres, 5, Torrejón de Ardoz).

Os animamos a pasaros por allí, os gustará.

 

La foto del evento cortesía del autor Sergio Pardo Delgado que cubrió el acto y lo ha contado así en la revista Plaza Torrejón:

RAZONAMOR: Cuando la poesía fluye más allá de las palabras